Opinión Emili Piera


lunes, 16 de marzo de 2015
Publicado por Cronista Montañés

La conquista de Valencia




El Molt Honorable había pasado las últimas
noches en vela. Aunque los genoveses todavía
no lo habían confirmado como cabeza de lista,
él sentía la irrefrenable necesidad de conquistar Valencia para la Popularidad y se propuso acometer el reto por su cuenta y riesgo. Aquella empresa se le antojó que no sería sencilla y, en ocasiones, hasta sentía miedo. De hecho algún malintencionado insistía en lanzarlo contra el monstruo de las tres cabezas (¿o quizás ya eran cuatro?) como otrora se cuenta que hicieron con Rodrigo Díaz de Vivar, cuando éste ya estaba fiambre.
No, mi señor Fabra, usted no va a cabalgar  como el zombi de El Cid, le gritó solícito el amanuense. Entonces, entre tanto no era confirmado como candidato de la orden de la gaviota, el caballero se dispuso a ensillar al negro. Sí, como suena, el presidente for president le pidió al cronista Montañés que le llevara al caballito hasta la puerta de Serranos. Desde la misma tarde que se sentó en el palco de autoridades a contemplar el Torneo del Rey, sintió el íntimo deseo de emular a Jaime el Conquistador. Menuda tomatina y no la de Buñol, juzgó para sus adentros al ver el espectáculo ecuestre.
Después, el madatario regional tenía previsto abandonar el catafalco de la Crida con los últimos acordes del Himno, cuando el tenor ataca el "Vixca, vixcaa, vixcaaa!!!". De hecho, el hombre-caballo aguardó allí abajo relinchando sin comprender el porqué de la demora de su apuesto jinete. Al parecer, la arenga bilingüe de la alcadesa echó por la borda el plan de abandonar las torres entre el gentío. Pero hubo de conformarse con hacer mutis por el foro sin apenas ser visto, pues las comisiones falleras andaban como locas consultando el diccionario de barbarismos y/o confeccionando memes virales.
La conquista de Valencia puede esperar, total, es cosa de días y el tiempo corre a nuestro favor, pronunció en voz baja valiéndose del mayestático tan de su gusto. Luego, los dos, el príncipe y el cronista pararon frente al Palacio de los Borgia sin detener sus miradas. El jefazo levantino había liberado de imputados aquella cámara repleta de presuntos. ¿Pero habría alguien en España que valorara esta habilidad suya exhibiendo las líneas infrarrojas como antes sólo lo había hecho el guerrero Han Solo con su espada láser? No, no y mil veces no. Llegar a esta conclusión le apenó pero continuó un paso por delante del escribidor como si nada del pasado le fuera a distraer de su cometido: aplazada unas semanas la conquista, se disponía a emprender la
reconquista. Y así fue como la pareja alcanzó la
plaza de la Virgen, punto en el que don Alberto le recordó a Montañés lo cerca que se hallaban del Santo Grial. Gracias a su cinefilia, el presidente por accidente logró mantenerse en modo Harrison Ford unos instantes más, pero ya no como el star galáctico de Star Wars de Lucas sino como el arqueólogo indi de la Última Cruzada de Spielberg. Y barruntó: claro está, eso es lo que yo necesito: una cruzada en busca del Carca Perdido y, de paso, una redada para la captura del Topo Maldito. Sumido en estas ensoñaciones Fabra se despidió del juntaletras acelerando el paso en dirección a la capilla del cáliz.
El autor de "Los días del trencadís" y el protagonista de la Crónica se despidieron de nuevo; la última vez que lo hicieron fue entre las paredes de oropel y zócalos cerámicos del salón Dorado, ahora, en medio de la calle, junto al dios Turia, a un paso de la librería de tres al cuarto donde siempre era Octubre y hoy había de presentarse el libro de marras.  

Recuerda: Presentación de "Los días del trencadís" a cargo de Joan Montañés Xipell, junto a Sergi Pitarch, presidente de la Unió de Periodistes, y al actor Tonino ("La Doña"). 4 de marzo, 19h. en la Llibreria 3i4, Octubre CCC, calle Sant Ferran, 12. València.



sábado, 28 de febrero de 2015
Publicado por Cronista Montañés

Primarias en el Blog

El blog Como presidente de esta nuestra Comunitat ha alcanzado la friolera de los 15.000 lectores. Para celebrarlo el Cronista Montañés (y su presi) hacen público el ránking de los post más compartidos o más megustados en el año de vida de la bitácora y, ya de paso, conmemorar el 750 aniversario de un colega, el Cronista Muntaner. De este modo se abre el plazo de un mes (hasta el próximo 4 de marzo, día de la presentación de Los días del trancadís en la librería 3i4 de València) para que los seguidores de las aventuras del Molt-Ho Fabra participen a golpe de clic en la elección definitiva. Es algo así como apuntarse a las primarias de los partidos que organizan primarias y de ejecitar un poco el dedo como hacen los partidos que organizan dedazos.   
Si eres fan, fan, fan, pero fan post(er), no puedes quedarte sin concurrir, abre de nuevo tu enlace favorito y dale a la tecla de compartir.
Ya sin más preliminares, los cinco post nominados son (prrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrrr):

1.—De "vacas" cortas.  Una historia de superación muy difícil de superar, la de unos hombres que, desde la popular urbanización de las Playetas de Oropesa sur-mer, quisieron situar a su olvidada provincia en el mapa de la historia. Claro que no estaban solos, contaban, para este magno propósito, con la inestimable ayuda de don José María Aznar, especialista en sacar a los sitios del rincón de la Historia.

2.Tigres en Morella. Drama épico en el que se narran las preripecias de Ximo Puig, un tipo más morellano que el General Cabrera, que desde la más tierna infancia guarda un secreto: alcanzar la presidencia de la Generalitat de Valencia. Para ello ha acumulado altas dosis de experiencia y renovación, las dos armas con las que el socialista porteño se piensa que le tocará el bastón de mando en la tómbola de las próximas elecciones autonómicas.

3.—Besos de Kukutxumusu. Mónica Oltra acaba de ganar unas primarias en las que era la única aspirante a Molta. El Cronista, desde las páginas de Los días del trencadís ya apostó por ella mucho antes de que Compromís abriera el melón de sus enigmáticas votaciones. Es decir: lo veía hasta un tonto: Oltra tiene garra, tiene fuerza, tiene juventud, hui, huuu... bueno paro que voy a parecer Jose-Luis-Moreno-sin-sus-muñecos.

4.Rita indultada. Película del género  musical en el que la alcaldesa perpetua protagoniza la canción de Penélope de Serrat. El cantautor charnego, como si predijera los derroteros por los que iba a atravesar la vida de Rita Barberá, compuso esta letrilla premonitoria. Así, tal como se cuenta en la canción, la protagonista espera sentadita en un banco en la estación con su bolso de Louis Vuitton a que vuelva su amante. Claro que, para cuando mira el reloj, el banco ya se lo ha quedado La Caixa por un euro. Nai-nai-no-naaaaa-nai-no-nai-no-noo.

5.—La orden de Calatrava. En realidad este post es el responsable del título del libro (no esperéis a que rueden la película y leedlo: en abierto, a través de Como presidente de esta Comunitat, o, pay-per-view, en las mejores librerías). Y es que Los días del trencadís, lo mismo que ocurre con la arquitectura del incomprendido Calatrava, es la metáfora de nuestro tiempo: todo se cae. Visto así, si se cae el Pacto del 78, el unipartidismo del PPSOE y hasta el rey Juancarlos ¡cómo no se van a caer unos balsosines mal pegados!, dijo el fantásma de la ópera del Palau de les Arts en defensa propia.

Creo que el universo de las tres uves dobles y la galaxia de la protección de datos no impedirán, en una ocasión tan especial, conocer quién es la persona que más veces ha votado y, aunque haya que mover Roma con Santiago, tras el recuento definitivo el autor de estas bitácoras se compromete a obsequiarle con la entrega de un ejemplar dedicado del libro-crónica. Por su parte, la Generalitat, como entidad patrocinadora de este evento de baratillo, le ofrecerá un vale canjeable por una horchata con fartons, a la persona que aporte algún dato sobre la identidad oculta del topo, el individuo que el Cronista Montañés avistó por última vez en Alboraya y que de forma muy poco ejemplarizante dejó escapar.
 And the winner is...







lunes, 9 de febrero de 2015
Publicado por Cronista Montañés

Crítica Emili Piera


viernes, 12 de diciembre de 2014
Publicado por Cronista Montañés

Los días del trencadís


Los llamados días del trencadís sucedieron
entre el otoño de 2013 y el verano del año siguiente. Acontecieron tan sólo unos meses después de que que las profecías de San Malaquías anticiparan la proclamación de un papa negro y el calendario de los antiguos mayas señalara el fin de la raza humana. Este periodo, aunque duró aproximadamente lo mismo que una gestación, no alumbró nada concreto ni siquiera clasificable. No obstante, y a pesar de la dificultad para definir lo inefable, diré que la Historia en este tiempo nuevemesino preñó las horas de acontecimientos extraordinarios, hechos inopinados y, tras resistirse como una hembra primeriza, rompió aguas junto a otros elementos.
La ruptura, lejos de ser planetaria, focalizó su carácter apocalíptico en la península ibérica, una región del globo que evidenció las endebles costuras de los continentes. Comenzó afectando a las placas tectónicas sumergidas bajo las costas levantinas con el consiguiente reflejo en la caprichosa escala Richter y en el pertinaz separatismo catalán. El terremoto posteriormente alcanzó a las altas magistraturas del Reino de España, desde la corona de los Borbones al sofisticado sistema de equilibrios bipartitos. También sacudió con fuerza a numerosos monumentos erigidos en la época de los pelotazos. Romperse –qué remedio– es el sino fatal de las burbujas y el de las baldosas. De estamanera, una mañana, como si se tratara de un maldeojos bíblico, o como si los indios mayas, con retraso, fueran a llevar la razón con su famoso almanaque, comenzaron a llover cascotes cerámicos del cielo valenciano.
De inmediato se produjo un gran apagón que dejó a los telespectadores sin sintonía en los aparatos de televisión y a los radioyentes sin señal en sus transistores. La babélica confusión de lenguas, antaño ordenada por Yavé, descendió a niveles de incomprensión oral y escrita entre los hablantes de un mismo idioma. De igual modo, los internautas se comunicaban cada vez con mayor dificultad con sus congéneres analógicos, una convivencia dificultosa que recordaba bastante a la que sostuvieron nuestros primeros padres, los evolucionados cromañones, con los inadaptados neandertales.
En otro orden de cosas, los ministros, fieles a la tradición mariana, encomendaron la suerte de sus carteras a las vírgenes más milagreras del país, pues no concebían mejor salida del túnel que comenzar a vislumbrar una lucecita en su extremo más oscuro. Los cantautores siguieron diciendo no, pero eso tampoco representó ninguna novedad en el gremio. Un artista aseguró que una estatua le había hablado tras haberse precipitado al suelo después de arreciar el viento del norte. Un obispo, tal como acostumbraba a predicar en los sermones dominicales, atribuyó esta plétora de calamidades a las concurridas cabalgatas de los hombres nocturnos. Su eminencia clamaba en el desierto, sabía que aquellas palabras ya no eran del agrado de Roma. Y es que el pontífice, aunque resultó evidente con solo mirarlo que no se trataba de ningún negro, era jesuita, que para el caso fue infinitamente peor.
Entonces sucedió un hecho que algunos calificaron de paranormal y otros de simple superchería para el consumo de los crédulos: resucitó un muerto. El señor Pablo Iglesias, el revivido, justo unas horas antes del séptimo día, todavía en la sexta noche, comenzó a hablar por los codos y a proferir sus primeros mandamientos contra la castidad, las mordidas, las dietas, las bufandas y el pepesoe. Tras un bloque de publicidad, este Lázaro se explayó, a modo de parábola, sobre la imposibilidad de que un pobre lograra atravesar las puertas giratorias del paraíso, por donde entraban y salían los ricos tan ricamente.
Estos episodios, sin aparente conexión entre ellos, y otros, perfectamente concatenados, sucedieron en los llamados días del trencadís.


lunes, 10 de noviembre de 2014
Publicado por Cronista Montañés

El príncipe y el cronista

El encuentro se produce en el Salón Dorado del Palacio de la Generalitat de Valencia. La sala, como su propio nombre indica, está recubierta de panes de oro y la mera presencia en su interior causa efectos próximos a la psicodelia que se alcanzaba con el consumo de ciertas pastillas en la época del Esta-Sí/Esta-No. Por suerte, las cámaras de vigilancia y los micrófonos de última generación registran todo lo que acontece allí dentro. Una vez visionado y transcrito, los servicios de inteligencia (es un decir) del gobierno autónomo clasifican las conversaciones, las almacenan en un disco duro y, luego, las pierden. Dada la trascendencia del diálogo que tiene lugar en la dicha estancia flamígera de reflejos alucinógenos, entre los dos hombres que resultan claves en esta bitácora: un príncipe de provincias y el cronista Montañés, reproducimos aquí las palabras de la reunión antes de que se extravíen en el ciberespacio.
—¡Hombre, mi negro! -exclama el Molt Honorable Fabra en tono de francachela y prosigue sin dar pie al interlocutor: No te ofendas por lo de negro, en esta etapa de regeneración y transparencia lo único que trabajamos en "b" es tu escritura. No es necesario que te explique cómo se ha puesto el asunto de la contabilidad.
—El oficio de contar está fatal; lo mismo es si cuentas cuentas como si cuentas cuentos.
—Precisamente, te he mandado llamar porque, según compruebo, la crónica corre el peligro de cronificarse.
—Presidente, toda crónica tiende a ello, es su colmo -asevera el amanuense con visibles signos de sofoquina y abundante sudoración en frente y axilas que atribuye al incesante centelleo que rebota del zócalo de azulejos cerámicos hacia el artesonado áureo.
—Además, no me gustaría que un texto de esta naturaleza tuviera efectos coelectorales y siempre hay malajes que dan la legislatura por concluida. Como quien dice, vivimos en un tiempo añadido, en la prórroga del encuentro y, lo que es peor, no sé si voy ganando o pierdo por goleada.
—Señor, esto nos sitúa ante un final abierto y los finales abiertos confieren mucho prestigio a las obras contemporáneas. No sé si mis e-lectores y sus electores están preparados para tanto modernismo. De algún modo nos debemos a ellos y tienen derecho a saber cómo acabamos.
—¿Qué insinúas que «está el hoy abierto al mañana, mañana al infinito. Hombres de España: ni el pasado ha muerto, ni está mañana en el ayer escrito».
—Ni don Antonio Machado lo hubiera expresado con mayor sentido de la métrica, el ritmo y la prosodia.
—Menos coña, que la frase se la escuché a Adolfo Suárez, siendo yo todavía un niño. Ay, Adolfo. -El quejío y el trato nominal hacia el mandatario fallecido es un rasgo de centrismo que algunos responsables del Partido Partido dejan patente como si guardaran luto permanente por el de Cebreros.
—Las grandes citas siempre trascienden al que las pronuncia.
—Ahí quería yo llegar, Montañés. Las crónicas semanales que has publicado por entregas están repletas de páginas en las que no se sabe muy bien quién es el narrador: tú o el menda lerenda -reprueba el líder levantino, exhibiendo un manojo de folios impresos a doble cara (por la austeridad) con visible gesto de enojo.
—Para el caso es lo mismo, el «yo omnisciente» es la «primera persona» y usted, mientras ostente el cargo presidencial, siempre será la Primera Persona y además del singular.
—¿No serás uno de ésos que me quieren ver fuera de estas cuatro paredes incandescentes? Poner el The End en el texto no te otorga el privilegio de finiquitarme de en medio.
—Nada más ajeno a mis competencias narrativas y estatutarias -reconviene el escribidor fiel.
—Lo cierto, por qué no reconocerlo, es que las circunstancias me han situado ante el final de la Historia con mayúsculas, la segunda Transición que ignoramos a dónde nos conduce.
—Y ante el fin de la historia con minúsculas: el blog sin anillas, no lo olvide.
—Bueno, dejémonos de cháchara y pongamos los puntos sobre los I.E.S.
—Querrá decir: sobre las íes.
—No me corrijas. Me refiero a los institutos de enseñanza secundaria; ahí están esperándonos ávidos nuestros lectores cautivos y desarmados. Para el próximo curso ordenaré que la consejería proponga «Crónicas honorables» como libro de lectura recomendada en cuarto de E.S.O.
—¡Eso!
—Eso no es nada; la bomba vendrá cuando lo meta de texto obligatorio en bachiller. Nuestro libro, querido cronista, va a convertirse en la Enciclopedia Álvarez de la Ley Wert.
—Presidente, me consta que uno de los fascículos electrónicos, el titulado «El ornitorrinco rampante», se analizó en clase de Sociales en último trimestre.
—¿Sociales?, seguro que fue iniciativa de los socialistas.-Entonces el rostro se le nubla por la mera evocación de sus insignificantes opositores.
—En efecto, se trató de uno de esos profesores que van y vuelven del aula al escaño y viceversa, por alguna puerta giratoria de ésas que tanto detestan.
—Los progres entran y salen de la política a la enseñanza como Harry Potter en la escuela de hechicería.
—¿Quiere que le pregunte al mago Yunke cuál es el truco?
—Mejor pregúntale dónde se esconde el portal secreto que lleva los consejos de administración de Telefónica, Iberdrola o Bancaja. O qué puerta giratoria me espera el día que salga de aquí yo, un humilde arquitecto técnico. -Se interroga angustiado el antiguo delineante que se ha hecho famoso por trazar líneas rojas a diestro y siniestro.
—La arquitectura está por los suelos, sólo tiene que ver a Calatrava, con lo que ha sido este hombre.
—Y su trencadís no digamos! -dice con un punto de amargura profesional.
—Por lo menos no ha caído el Príncipe Felipe.
—¿El rey? Tan pronto y ya quieres que venga la República.
—¡No, el rey, no! Me refiero al museo Principe Felipe que también es obra de don Santiago.
—Menuda sensación de agobio me ha entrando, Montañés. Ha sido pronunciar la palabra trencadís y me parece que todo va a romperse de un instante a otro: el presunto grupo parlamentario, mi idilio María Dolores del Toboso, el amor que me profesa Rita...
—¿Se les rompió el amor de tanto usarlo?
—¡No, hombre, qué dices! ¡Con la alcaldesa, no practico ese tipo de amor! Aunque ahora que estamos a punto de concluir la crónica, romper con Barberá podría tener consecuencias cabañalescas. -El ánimo del mandatario autonómico empeora al evocar la suerte de los poblados marítimos.
—Si me permite, don Alberto magno, para rematar con un broche de oro, acorde con este Salón Dorado, creo que debería poner en su boca una frase a la altura del momento que estamos viviendo. Por ejemplo: «O yo o el caos» -sentencia el negro, esperando respuesta.
—¿Puedo pedir el comodín del público? -dice el Honorable como queriendo agradar a los partidarios de conocer la opinión de la ciudadanía.
—Le recuerdo que ha agotado todos los comodines. Le repito el enunciado: "O yo o el caos" y hasta aquí puedo leer. -El cronista lanzó la tarjetita que realizó un vuelo parecido al de un dron por la sala de los brillos.
—¿Yo?, ¿el caos? Ya entiendo el enigma: la gente desea cambiar, ello puede llevarlos a preferir al tri-cuatri-penta-partito y, por consiguiente, optar por el caos. -Dicho esto permanece en silencio unos segundos-. Creo que tengo la solución: si los ciudadanos lo que demandan es un gobierno caótico, ya tienen el mío que, aunque no es multipartito, cuenta con diputados en dos grupos parlamentarios.
—Es una posibilidad. Corrijo la frase: «Usted y/o el caos».
—Todo antes que contentar a esos que me llaman Pepino el Breve.
—Pepino no, le llaman Moniato.
—Pepino, moniato, es lo mismo. Lo que importa es me llaman el Breve, que es lo que jode. No obstante, yo lucho por perdurar con denuedo, eternizarme sin limitación de mandatos ni tele y obtener la mayoría absoluta sin absolutamente ningún imputado. Todavía siento que tengo tanto que regenerar como presiente de esta nuestra Comunitat.
El Molt Honorable queda atrapado en la frase que había servido de pórtico al blog durante nueve meses, lo que dura un embarazo de Gallardón. Apenas atiende a las reverencias que el cronista le obsequia mientras se dirige hacia la puerta sin atreverse a darle la espalda. Al presidente se le ve entonces contoneando su anatomía de pívot entre las líneas rojas que él mismo diseminó por todo el palacio para que nadie se atreviera a traspasarlas. Es obvio que está bajo los efectos del Salón Dorado. Aquella telaraña de rayos invisibles le impide avanzar mientras en el interior de su cabeza comienzan a sonar las alarmas que en el pasado se mantuvieron desactivadas. El presidente recuerda el paso del Meridiano de Greenwich y el paralelo 40, las otras líneas imaginarias que cruzan la geografía valenciana sin que nadie repare en su trazado, ni salte ninguna sirena al atravesarlas.
El negro -ya fuera de la estancia- es acompañado amablemente por la secretaria plenipotenciaria hasta la escalinata de piedra que conduce al patio. La mujer de confianza ha seguido la conversación desde una habitación contigua encasquetándose los cascos del magnetófono que le dan un aire a la Dama de Elche, pero mucho más delicada que aquella primera dama hombruna. Por unos instantes, mientras escucha la charla, alberga la sospecha de que el amanuense es el topo que tanto ansia descubrir y que perturba la calma renacentista en el número 1 de la calle de Caballeros.




miércoles, 23 de julio de 2014
Publicado por Cronista Montañés

Ripo en los altares


Manuel Vicent publicó a principios los ochenta del siglo pasado el devocionario titulado Ángeles o neófitos. El escritor, para acometer esta aventura literaria, previamente hubo de encontrar la figura de un beato. Como quiera que sea que estos individuos, pertenecientes a la estirpe de los venerables, se halla en vías de extinción consagrando su paso por el mundo terrenal al rezo y la contemplación, se le antojaron hombres de otra época o de ninguna, circunstancia que no ayudaba mucho en su labor de hagiógrafo contemporáneo. A tal efecto, el literato hubo de tomar prestada la vida y milagros de Juan García Ripollés, a la sazón artista moderno y, a pesar de ello, ajeno a la sofisticación de cualquier vanguardia.
Para que el divertimento del breviario laico (de cuatro jornadas de perfección y un horóscopo para incrédulos) resultara fetén lo primero que obró el escritor fue nombrarlo beato, Beato Ripo. Y  la Humanidad, gracias a esta verdad revelada, conoció al eremita. Su tríada capitolina la componían Chagall, Picasso y Matisse, dioses a los que homenajeaba sin parar a través de lienzos y grabados en serie. En este olimpo particular tampoco faltaban las musas, dispuestas a inspirar sus quehaceres plásticos, ni las ninfas, solícitas a conducirlo por el derrotero del hedonismo. Entonces el beatífico creador habitaba el Mas de Flors, el lugar más similar a la Arcadia del Peloponeso que encontró al instalarse en la provincia de Castellón a su regreso del Monte Parnaso, en el distrito XIV de París.
Fue allí donde el literato de la cabeza de pene lo descubrió todavía inmerso en la Edad de Oro, que es la hora feliz de las civilizaciones previa a la expulsión del paraíso, cuando las únicas vestimentas que se requieren para deambular por los bancales y las huertas son el taparrabos, el pañuelo de albañil con los cuernos del fauno, las margaritas floreciendo en la barba y una rama de romero prolongando la sonrisa. Fue así como el rousseauniano Vicent encontró al buen salvaje Juan entre botes de pintura, telas, pinceles, gallinas, chuchos, gatos y un burro. Era un bon Jan sin marchante que «te quitaba el gafe», según palabras del novelista. No obstante, poco después de la aparición del libro iniciático le sobrevino la fama y, en medio de este locus amoenus, junto a la fauna y la flora, comenzó a verdecer la mala hierba del dinero.
De la aparición de aquel devocionario para descreídos y hippies de vuelta de las Pitiusas han transcurrido más de tres décadas. Tempus fugit. El escritor continúa encaramado a la columna desde donde predica su sermón dominical siguiendo el ejemplo de un cura progre de la capilla de la Ciudad Universitaria que se convirtió en el último Duque de Alba. Desde este punto elevado de El País, Vicent ha seguido las correrías y el éxito de Ripollés. El autor de ojos verdes ya nos contó en qué consistía el contraparaíso por estas tierras, de modo que nada de lo humano, ni de lo divino, iba a sorprenderlo a esta altura.
Y es que el antiguo beato de la edad de la inocencia hace un tiempo que vive instalado en la Belle Époque; acude a los toros en calesa y se presenta en los saraos en descapotable convertido en el bohemio oficial del régimen de la popularidad. La celebrity luce para estas ocasiones un abrigo de pieles con los que se cubre las vergüenzas llenas de manchurrones abstractos, pues el pintor hace años que se ha convertido en su obra más cotizada.
Manuel Vicent, marinero en tierra madrileña, pudo perdonar que su santón de novela cayera tan pronto en las tentaciones del mundo y los demonios, pero se hace más complicado pensar que el azote de la Feria de San Isidro le haya pasado por alto que persista en ese pecado de la carne que es la lidia. ¿Qué pudo ocurrir para que el nuevo Francisco de Asís, el neocubista de la brocha gorda, el anacoreta en armonía con el planeta y los colores primarios, se subiera al coche de caballos para darle la vuelta al ruedo ibérico a las cinco de la tarde y, luego, tomar el burladero, entre tiburones y lagartas, y compartir con ellos el deleite por la casquería? Para más inri, el artista no duda en presentarse en el coso ataviado con las pellizas que, a su vez, arrastran el dolor del sacrificio sin arte de otros bichos. «¡RIP, oh yes!», gritan los animalistas cuando le ven salir por la puerta grande del matadero.
¿Dónde andará hoy en día el ángel que guardó la masía de las flores del mal fario? ¿Qué se ha hecho del neófito que enseñó a pintar a un burro cuadros de Jackson Pollock mientras se espantaba las moscas con el rabo? ¿Queda alguna pista que nos permita adivinar si verdaderamente existió alguna vez aquel Adán al este del Espadán? Veamos.
El Ripo, el presente y el anterior, el beato y el profano, el vegano y el taurino, siempre se ha redimido por el arte moderno, más exactamente, por el arte posmoderno. De este modo, el día en que se propuso inmortalizar al cacique provincial en una estatua de cobre a las puertas del delirio aeronáutico más conocido como aeropuerto sin aviones, el resultado fue que el rostro del político no guardó similitud alguna con aquel descomunal monumento de quincalla. Cosa distinta, y fatal para Ripollés, es que hubiera dominado los cánones clasicistas. ¿Se imaginan a semejante careto de treinta metros elevados al cubo si además fuera reconocible el modelo original con las gafas de sol y la gomina del capo di tutti capi?
Otro episodio reciente, ocurrido con una escultura de rotonda dedicada a las víctimas del terrorismo, quiso que el viento de tramontana tumbara buena parte de la estructura, dejando los hierros retorcidos convertidos en un amasijo conceptual muy potente. El artista acudió, de inmediato, al lugar el siniestro y se quedó un rato solo contemplando aquella representación perfecta del abatimiento. En medio de la noche, él y las planchas metálicas de la pieza herida de muerte iniciaron una charla insólita. «¡Déjame así!», dijo la figura entre susurros, según contó el propio artista. «Lo que tú no supiste moldear, lo ha conseguido el huracán del norte». «Cuánta razón llevas», asintió el artista y remató: «La fuerza desatada de la Naturaleza es mil veces mejor que el mejor de los escultores; lo mismo que mi burro da mil vueltas a cualquier action painting. ¿Cómo pude olvidarlo?».
Quizás sean estos los dos milagros que exige Roma para que un beato sea canonizado. A falta de conocer la opinión de la persona que lo beatificó en la Transición, a mi no se me antoja que se trate de milagros menores: hablar con las estatuas y darles la razón, y levantar una escultura que compita en misterio con el yuyu de las caras de Bélmez. Convenientemente acreditados estos prodigios, más el del borrico que domina el expresionismo americano, el beato Ripo está listo para subir a los altares.



miércoles, 9 de julio de 2014
Publicado por Cronista Montañés
Asunto:

El día de los hombres nocturnos



El doctor Reig es el obispo que mejor he conocido en la distancia corta, no en balde fue titular de la diócesis de Segorbe-Castellón donde yo fui bautizado en la fe romana y él se estrenó en el oficio de pastor de almas a los lomos de un pollino. Según explicó, con aquella humilde equitación, deseaba emular a Jesús de Nazaret cruzando las puertas de Jerusalén. Sin embargo, el clérigo era un hombre entrado en carnes y nadie cayó en la cuenta de su parábola evangélica. La concurrencia más bien pensó que trataba de imitar a Sancho Panza en su toma de la ínsula de Barataria. Aclarado el malentendido, los presentes comprendieron que las figuras antagónicas de Cristo Salvador y el escudero de la Mancha, a pesar de la disparidad, le caían como el anillo en el dedo, pues el nuevo obispo combinaba el mesianismo de los iluminados con el talante prosaico de un mosén de pueblo. Su Eminencia resultó tener una personalidad poliédrica aunque la feligresía, pendiente del inestable equilibrio de la estampa ecuestre que componía, no fue capaz de advertirlo hasta más avanzado su ministerio. Incluso, un parroquiano sentenció que la intención del obispo, ese domingo de Ramos, consistía en demostrar que ya nunca se bajaría del burro. Y, en efecto, el mitrado era terco como el animal que lo transportaba en su arribada a la Tierra Prometida castellonense.
El obispo Reig nos descubrió, en breve plazo de tiempo, que él, sin alcanzar la mística trigonométrica del misterio de la Trinidad, también era un ser múltiple. De este modo, sus temibles apariciones públicas las podía protagonizar lo mismo el capitán moro de las fiestas de Concentaina, un lobo de Wall Street o, incluso, un sexador de Pollos Planes.
Uno de los primeros gestos de don Juan Antonio que deslumbró a los parroquianos fue verle adornado con indumentarias y complementos más propios de Trento que del Concilio Vaticano II. La ciudad no había visto una cosa igual o, al menos, lo había olvidado. Él procedía del arzobispado de Valencia, donde el clero se ve obligado a competir en barroquismo con la fallera mayor y la corte de honor. Sus atuendos litúrgicos y los procesionales parecían vengar los siglos de contención en el valle de lágrimas de la Plana con que sus predecesores habían pastoreado la diócesis sin un mínimo glamour. Se diría pues que, a través de todo aquel lenguaje no verbal y, por añadidura, del verbal de sus frecuentes apariciones en la cadena Teletroncho, el anuncio de la Buena Nueva se produciría de un momento a otro.
Así ocurrió. La gran noticia no se hizo esperar; el doctor Reig sentenció que estaba dispuesto a culminar los trabajos de la catedral inacabada como si se tratara de un Ken Follett en los penúltimos capítulos de Los pilares de la Tierra. Entonces fue cuando el obispo mostró el segundo rasgo de su ser complejo y desacomplejado para sorpresa de propios y extraños. Aseguró ante un grupo de próceres que él era capaz de multiplicar los panes y los peces, pero por medios modernos, invirtiendo en Bolsa. Tomó las treinta monedas que encontró al abrir la caja de caudales del palacio episcopal y parte de las colectas del cepillo, y lo invirtió en sociedades de inversión de capital variable. O dicho en cristiano: productos de altísimo riesgo -¡ay, el Altísimo!-.
Los milagros siempre conviene hacerlos con gaseosa; con un poco de suerte, La Casera la conviertes en un excelente vino del Priorato, qué ríete tú de las bodas de Caná. En consecuencia, los productos financieros no ofrecieron el rédito calculado. Los rojos volvían a poner en grave peligro a la Iglesia, pero esta vez eran no las hordas de comecuras que habían ordenado desmontar el monumento gótico en 1936, sino los números rojos. ¡Dow Jones! ¿por qué me has abandonado?, se le escuchó susurrar a Su Eminencia en el sermón de las Siete Palabras. 
La última faceta conocida en el carácter de nuestro teólogo se manifestó de inmediato. El tercer Reig utilizó la tinta con la que se imprime la Hoja Parroquial como sólo saben hacerlo los calamares en sus célebres huidas. Así, más allá de su gusto por la pedrería y los oropeles, por el hormigón armado y las fluctuaciones bursátiles, nos descubrió su verdadera pasión, su obsesiva búsqueda, desde la época de estudios en Roma, por conocer cuál era el verdadero sexo de los ángeles. En este empeño desplegó todo el conocimiento teórico acumulado en la Universidad Pontificia con el saber práctico de un sexador de aves.
Cuánta falta hacía en la Conferencia Episcopal un doctor en moral de familia capaz de distinguir la carne del pescado, las ostras de los caracoles, el gusto y los apetitos, en definitiva, un hombre entendido en Orgullo, pero sobre todo, en prejuicio. Y no es cosa vana, la Iglesia por culpa de enzarzarse en estos debates etéreo-sexuales irresolubles, perdió Constantinopla para la Cristiandad. De ahí la importancia que ha cobrado nuestro mitrado desde que abandonó la humilde diócesis levantina. Nos parece que fue anteayer cuando le vimos subido en un pollino y nadie reparó que se trataba del jockey que aspira a disputar el Grand National del Apocalipsis a los cuatro jinetes titulares. Y es que don Juan Antonio Reig superó con creces las revelaciones de San Juan en una prédica televisada en la que llegó a asegurar que quien visita «los clubs de hombres nocturnos» encuentra el infierno del Dante. Y del tomante, ¡no te digo! Él sabrá qué descubrió al descender hasta los círculos viciosos de la Divina Comedia con cuarto oscuro para poder afirmarlo con aquella rotundidad. Se cuenta que monseñor se hizo acompañar, en su expedición al Inframundo, por un tal Virgilio, pero esto, claro, son rumores, son rumores...




miércoles, 25 de junio de 2014
Publicado por Cronista Montañés
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